
Reflexión en torno a las lecturas del domingo VIII del Tiempo Ordinario
© Pbro. Pablo A. Villafranca M
Queridos hermanos y hermanas, nuestro camino por la vida no está exento de reveses y situaciones difíciles y cuando nos golpean las pruebas y agobian los sufrimientos emerge una pregunta espontanea: ¿Por qué sufro? ¿por qué clamo a Dios y siento que él no me escucha? La primera lectura nos presenta al pueblo de Israel «situado» por el drama del exilio en Babilonia y ante el colapso de sus utopías, el derrumbe de los pilares de su fe: su tierra, su templo y su rey exclama: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha abandonado» (Is 49,14) Pero Dios no puede olvidar a su pueblo, porque «lo ha amado con amor eterno». (Is 54,8)
El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda la grandeza del amor de Dios:
Dios es Amor
«A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).
El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (cf. Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3,16).
El amor de Dios es "eterno" (Is 54,8). "Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará" (Is 54,10). "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31,3).
Pero san Juan irá todavía más lejos al afirmar: "Dios es Amor" (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él». (C.I.C. nn. 218-221).
A pesar de esta maravillosa síntesis del Catecismo de la Iglesia sobre el Amor firme de Dios, esto no evita la zozobra que brota en el corazón del hombre por cosas fundamentales como la comida, el vestido y las seguridades que dan las riquezas.
El Catecismo de la Iglesia advierte como los diversos males que nos afectan y vemos en el mundo:
La providencia y el escándalo del mal
«Si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal». (C.I.C. 309)
En el evangelio Jesús no desconoce la necesidad legítima del hombre de alimentarse o vestirse, pero si se posiciona contra una vida gobernada por la ambición, ansiedad, zozobra y angustia que genera el afán de poseer. Inicia su enseñanza presentando la imposibilidad que presenta el ser humano para servir a dos amos iguales de exigentes pero con intereses totalmente opuestos: el Señor del desprendimiento, del abandono, de la confianza y renuncia a la avidez de poseer y el señor de avaricia, la ambición y riquezas mal habidas, que se acumulan de forma ilícita y corrupta. «No se puede servir a dos señores». El Domingo anterior concluía su enseñanza invitándonos a ser perfectos (del griego Teleioi y del hebreo Tamím: integro, sano, indiviso, perfectos). Hoy entonces se nos plantea la pregunta: ¿Le pertenecemos al Señor de las bienaventuranzas con todas sus consecuencias?
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