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miércoles, 2 de marzo de 2011



La Biblia y la familia


P. Pablo A Villafranca Martínez




‘Dentro de las varias figuras que la Iglesia tienen en el AT está el de la familia’.


(LG .6) el catecismo de la Iglesia Católica en el número 2685, al hablar de los servidores de la oración, pone en primer plano a la familia: “La familia cristiana es el primer ámbito para la educación en la oración. Fundada en el sacramento del matrimonio, es la ‘Iglesia doméstica’ donde los hijos de Dios aprenden a orar ‘como Iglesia’ y a perseverar en la oración. Particularmente para los niños pequeños, la oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo”. Al respecto tenemos un testimonio de que esto es así, permítanme leer esta experiencia de alguien que es muy importante para nosotros, de un Obispo que es modelo pastor y santidad: «La preparación del seminario para el sacerdocio, fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la primera comunión cuando perdía a mi madre: apenas tenía nueve años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quede solo con mi padre, que era un hombre profundamente religioso. Podía cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba en la noche y encontraba a mi padre arrodillado, al igual que lo veía siempre en la Iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo para mí, en cierto modo, el primer seminario, una especie de seminario doméstico». (Siervo de Dios Juan Pablo II, Vicario de Cristo en la tierra, Obispo de Roma, Don y misterio, BAC, Madrid, 1996, p.35-36, )


La constitución dogmática Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II en su número 35 habla de la Biblia y la predicación en la catequesis litúrgica. No se puede separar la liturgia eucarística de la liturgia de la palabra ¿Por qué? Porque en ella vuelve a hablarnos Dios nuestro Padre a nosotros su pueblo. La palabra de Dios es palabra inspirada que dice algo a alguien, el destinatario inmediato de la palabra de Dios fue su pueblo, una comunidad y el destinatario actual es una comunidad y un hombre o mujer que es miembro de un cuerpo: el cuerpo místico de Cristo: la Iglesia y de una familia: la inmensa familia de los bautizados. Por eso la Sagrada Escritura está transida de la experiencia de un pueblo que se siente y se sabe familia, descendiente de Abraham, Isaac, de Jacob. ‘Dios es el Dios de sus padres’, leemos en Éxodo 3,5. Por eso El habla ‘como un padre o una madre a su pueblo’. Oseas 11,1ss afirma: “Cuando Israel era niño yo le amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más lo llamaba, más se alejaba de mí, a los baales sacrificaban y a los ídolos ofrecían incienso. Yo enseñé a Efraím a caminar tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza un niño y se lo pega a las mejillas”. Y cuando quiere designar la infidelidad de su pueblo, Dios emplea términos del derecho matrimonial: a la idolatría los profetas como Oseas la llaman prostitución o infidelidad, y a ese engaño y traición del pueblo para con su Dios le llama adulterio. Leer Oseas 2,1-22. 3,1-5.

Cuan Dios en la Biblia quiere que se transmitan sus mandatos apela al ser de la familia. Leer Deuteronomio 6,1-9.


En Génesis 1,26 Dios dice: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. En este hagamos se asoma la familia divina, la santísima trinidad. Cuando ve que el mundo se corrompe y decreta el diluvio, Dios salva a un resto, ese resto es una familia, la familia de Lot. Génesis 6,13 7,1. Al elegir a Abraham le promete una descendencia, -familia- numerosa.


El Nuevo Testamento elige una hermosa enseñanza al llegar la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, quiso privarse de todo, de nacer en el palacio de Herodes o de Poncio Pilatos, pero no quiso privarse de una Madre y de nacer en el seno de una familia. Hace Jesús su primer milagro en una boda en una familia (Juan 2,1-12) e intencionalmente, cuando en el capítulo 19, 25-27 nos presenta a María al pié de la cruz, se la entrega al discípulo amado quien la acoge en su casa, dando origen a una nueva familia, la familia de Dios. Por eso San Pablo en Efesios 3,14-20 pide a Dios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra. Para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor podáis comprender con todos los santos cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, para que os vayáis llenado hasta la total plenitud de Dios.


A aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos”.








[1] Juan Pablo II., Donum Misterium, BAC, Madrid, 1996, 35-36.

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