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domingo, 13 de marzo de 2011

I Domingo de Cuarezma



Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo


Mt 4,1-11


© P. Pablo A. Villafranca M.



La primera lectura nos presenta el segundo relato creacional del Génesis. La novedad de este relato de los capítulos 2.7-9; 3,1-7 es preciosa. Antes de crear todo, Dios crea al hombre: el ʼadam, y luego la tierra: la ʼadamâh, expresando así la profunda relación que existe entre el ser amado por Dios y la creación entera, que se le confiará no para que la deprede o destruya, sino para que viva armónicamente en y con ella. La tierra es la materia prima del hombre pero este no llega a ser tal sino por el aliento divino. El verbo plantar de Gen 2,8 se aplica a Dios, es Dios el que ordena todo hacia el hombre y el hombre ser ordena hacia Dios. La intención de Dios al plantar o crear todo «es dar lugar al hombre» en la creación. El poder que Dios le otorga al hombre de labrar la tierra significa que a través del trabajo el hombre puede construirse su propia felicidad, estabilidad en comunión con lo creado. En esta relación «comunional» entre el hombre: ʼadam, y la tierra: ʼadamâh el hombre encuentra el medio que Dios le brinda para gozar de la vida feliz a la que Dios le ha llamado creándolo.


La prohibición de «no comer del árbol del conocimiento del bien y el mal» debe entenderse como la conciencia que el hombre debe poseer de los limites que tiene, el no es Dios, no puede abrogarse atributos divinos, no puede auto divinizarse creyéndose todo poderoso y eterno, por el contrario, debe reconocer la supremacía divina, obedecerle y amarle.


En el evangelio nos encontramos a Jesús siendo conducido por el Espíritu al desierto. El desierto es el lugar de la prueba, de la purificación, donde la creaturalidad es puesta a prueba, pero también donde se escucha a Dios y donde se define y auto afirma la propia identidad. La vida de Jesús es animada por el Espíritu, es Él quien lo lleva al desierto, entendiéndolo también como el sitio que evoca el lugar donde Israel se rebela contra Dios y fracasa en su fidelidad. Allí donde el pueblo elegido por Dios fracasa, Cristo que encarna a la nueva humanidad, triunfa.


La triple tentación del diablo (divisor) es en el fondo la misma, cuestionar la voz del Padre que en Mt 3,17 ha confesado a Jesús como «su Hijo amado». El diablo quiere dividir a Jesús, quiere apartarlo de esa comunión amorosa con el Padre y el Espíritu, alejarlo de su misión y en las tres tentaciones es lo que cuestiona: «Si eres el Hijo de Dios...».


La primera tentación llega en la forma del pan. Israel se amotino por hambre y sed contra Dios y Moisés. Satanás le ofrece a Jesús el camino del mesianismo materialista, de satisfacer su necesidad inmediata y la de las multitudes y el rechaza ese sendero citando Dt 8,3. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios». Qué gran lección, ante una oferta de espejismos fugases como lo transitorio de satisfacer lo inmediato, contraponer la Palabra que no se devalúa, que salva y sana.


Arremete el divisor siempre poniendo en entre dicho la voz del Padre, queriendo apartar a Jesús de su camino de obediencia al Padre y citándole el Sal 91,11-12 lo provoca a tomar el mesianismo ruidoso del sensacionalismo, del espectacularísimo y manipulación religiosa, a lo que el Verbo encarno responde con el Dt 6,16 «No tentarás al Señor tu Dios».


El último intento quizás le hubiera funcionado con cualquiera, pero no con el Hijo del Dios Vivo, el mesianismo del poder no le funciona al diablo y es vencido con la cita de Dt 6,13 «Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo darás culto». Muchos se rinden ante el poder, y rinden culto a una ideología, una doctrina, una persona. Escuchemos a Jesús en quién salimos vencedores de toda tentación.


Una palabra de felicitación al Obispo electo de Matagalpa Mons. Rolando José Álvarez Lagos quien por voluntad de Dios y la Sede Apostólica ha sido llamado a ser sucesor de los apóstoles y siervo de los siervos de Dios.


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