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sábado, 5 de marzo de 2011

Comentario a las lecturas del domingo IX del Tiempo Ordinario



No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos


Mt 7,21-27


© P. Pablo A. Villafranca M.



No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina. Palabra del Señor


Hoy nos encontramos con los versículos finales del primer sermón de los cinco en los que San Mateo aglutina la enseñanza de Jesús: es la conclusión del sermón de las bienaventuranzas y las consecuencias de un discipulado maduro y coherente con un nuevo orden en el corazón que se rige por un nuevo tipo de valores: los valores del Reino de los Cielos.


El versículo 22 nos habla de «aquel día» y con esto se nos pone en perspectiva del «juicio final» al concluir el Sermón del monte, es la consecuencia lógica de no escuchar y no poner en práctica las enseñanzas de Jesús. «El no entrar en el Reino de los cielos» es la consecuencia de una vida vacía de testimonio, carente de obras; «es el divorcio de la vida de fe de la fe de la vida» al punto que uno se apropia de la sentencia de Isaías 29,13: «Dice el Señor: este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios mientras su corazón está lejos de mí, y su culto ante mí es precepto humano y rutina».


San Mateo está frente a una comunidad que aprecia algunos carismas del Espíritu: don de hacer milagros, de profetizar y exorcizar. Mateo no cuestiona eso, sino que hay algunos que so pretexto de los carismas no cumplen la «la voluntad del Padre que está en los cielos», no obedecen la ley que ha dejado claro Jesús que «no ha venido a abolir sino a dar plenitud» (Mt 5,17). La acusación contra estos discípulos es de anomía no someterse a lo mandado. Con que facilidad encontramos hoy personas que en aras de un carisma incipiente, una revelación privada o una rebeldía espiritual no se someten en obediencia a sus párrocos o al discernimiento de los Obispos. La sentencia de Jesús «Apártense de mí malvados» es el desenlace final para quien vive negando con su hacer lo que dice creer. La anarquía en la Iglesia no lleva a nadie a la salvación ni a la santidad.


Luego Jesús nos presenta dos tipos de hombres uno prudente y el otro necio. El prudente escucha sus palabras y las pone en práctica el necio escucha sus palabras pero no las pone en práctica. Esos dos tipos de hombre pueblan la tierra, por eso hay muchas vidas derrumbadas, matrimonios soterrados, corazones hundidos y fracasados, porque habiendo escuchado las palabras de salvación no las ponen en práctica.


Hoy Jesús nos da la oportunidad de abrirnos a él y ser de los escuchan y ponen en práctica su palabra. Goethe decía: «hablar es una necesidad, escuchar es un arte», podemos pintar la creación con nuestras buenas obras y así los hombres den gloria a nuestro Padre celestial.


Nuestro Obispo Auxiliar, Mons. Silvio José Báez al concluir la V Asamblea de Pastoral en el mes de noviembre del 2010 n os decía: « hacer una opción clara y decidida por la vida espiritual. Cuando decimos escuchar al Espíritu estamos precisamente hablando de eso que llamamos vida espiritual, que Pablo llama vida en Cristo o vida en el Espíritu. La vida espiritual no es un sector de la vida cristiana sino que es toda la vida que se acoge por la fe, se expresa en el amor y se vive en la esperanza. Si no hacemos una decidida opción por la espiritualidad y por la vida espiritual, corremos el riesgo de quedarnos en la epidermis de los proyectos, de las estructuras, de lo visible, de lo cuantificable.


Optar por la vida espiritual es construir sobre roca. Hace ya muchos años Karl Rahner dijo proféticamente que la Iglesia del futuro, los cristianos del futuro, o serían místicos o no serían cristianos. Hablar de vida cristiana es hablar de la experiencia de la fe, vivida como un don que viene de la escucha de la Palabra; una experiencia que se expresa, porque no tiene otro modo de expresión, sino en el amor, y se vive en un dinamismo de esperanza que nos permite caminar alegres en el Señor aún en medio de la tribulación y de la oscuridad. Pero todo esto va por dentro. Es la acción del Espíritu desde el interior de cada uno.


Creo que nuestras parroquias, comenzando por el párroco y todas las demás estructuras, deberían optar por un camino de interioridad y de vida espiritual intenso, porque esto es lo único que nos garantiza el fruto del trabajo, de los esfuerzos humanos, de las iniciativas pastorales, de los programas y proyectos. Recordemos las palabras del Señor en el capítulo 15 de Juan: “Sin mí, no pueden hacer nada”.


Yo estoy convencido de que la propuesta de “la conversión pastoral” y la exigencia de “la misión permanente”, que son como los grandes caminos que Aparecida ha puesto delante de nosotros, son experiencias espirituales. Cuidado caemos en el engaño de creer que lo que Aparecida nos propone es hacer más. No es hacer más, es hacer mejor, es hacer desde dentro».



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