La libertad de expresión es derecho a decir cualquier cosa y de cualquier manera?

sábado, 26 de marzo de 2011




Si supieras quien te pide de beber...

© Pbro. Pablo A. Villafranca M

La primera lectura está tomada de Ex 17,3-7 y en ella encontramos la rebelión del pueblo de Israel en el desierto contra Moisés por la falta de agua. En el fondo la autentica rebelión es la de todo ser humano y que se describe en el v 17,3: «Nos ha hecho salir de Egipto para que muriéramos de sed...» Esto es renegar del proyecto divino por desconocer sus profundidades y renegar del éxodo. Todos renegamos en la adversidad por no comprender los designios de Dios. ¿Qué hace Moisés cuando poco falta para que lo apedreen? Clamó al Señor. Moisés nos enseña que el momento de angustia, cuando las adversidades nos acorralan debemos clamar y acudir al Señor. Por último Dios le pide a Moisés que tome su callado, el mismo que utilizó ante el Faraón de Egipto y con el que partió el mar y que golpeara la roca pues haría brotar agua, la promesa es: «Yo estaré delante de ti». Que hermosa promesa del Señor que no abandona cuando todos lo hacen y nos pide un salto de fe cuando la razón colapsa. La ordenanzas divinas pueden parecernos ridículas pero si las seguimos como Moisés veremos brotar milagros a nuestro lado.

El Evangelio de Jn 4,5-42 nos presenta el diálogo de Jesús con la samaritana.

En 4,5-6 se nos describe el escenario. En 4, 5-15 se aborda el tema del agua viva que es Jesús. En los vv. 11-12 Jesús aparece como mayor que Jacob por eso en el v.10 ofrece un agua viva que salta hasta la vida eterna, son sus palabras y la aceptación de su persona como Mesías e Hijo de Dios.

El v.16 abre el tema de la adoración y es interesante que Jesús le dice a la mujer: trae a tu Marido, y ante la respuesta negativa de esta «no tengo marido» Jesús le descubre su vida. Cuando menciona los cinco maridos quizás alude al pasado de los samaritanos que narra II de Reyes 17,24-41donde se nos dice que el rey de Asiria mando a repoblar Samaria con 5 pueblos que tenían cada uno sus propios dioses: los Babilonios, gente de Cutá, Avá, Tamát y Sefarváin. Eran paganos y los samaritanos sincretistas religiosos. En 4,24 se nos dice que el nuevo culto es en el Espíritu, es interior y es obra de Dios.

En 4,25-26 se desarrolla el tema de la identidad de Jesús a la que la mujer llega a concluir en su corazón que es el Mesías y Jesús se lo confirma: «Yo soy, el que habla contigo».

Esa mujer lo olvida todo, su pasado, su cántaro, su sed, sus disquisiciones religiosas y sale presurosa al pueblo como una autentica misionera a anunciar al Mesías y todos acuden a Jesús. Cuando alguien se encuentra con el Señor de verdad o anuncia con tal pasión que la gente sale a buscarle y él se hace el encontradizo y todos llegan a la conclusión que «El es en verdad el salvador del mundo» I Jn 4,14.


Si Conocieras el don de Dios



III Domingo de Cuaresma


Si conocieras el don de Dios


Éxodo 17,3-7. Romanos 5,1-2.5-8. Juan 4,5-42




La liturgia de la palabra de este domingo está centrada en el símbolo del agua. En el desierto Moisés golpea la peña y de ella brota agua que sacia la sed del pueblo (primera lectura). Jesús ofrece a la mujer de Samaria un “agua viva” que “brota para la vida eterna” (evangelio). El agua es la realidad que el hombre de la tierra de la Biblia busca con ansiedad continua pues es símbolo y condición de la vida y de la fecundidad. Esta realidad amada y deseada con todo el cuerpo y el corazón del hombre llega a convertirse, por eso mismo, en símbolo de Dios. Para Jeremías, Dios es “manantial de aguas vivas” y no “cisterna agrietada” (Jer 2,13). San Pablo, en el comentario que hace a Éxodo 17, dice que aquella roca de donde brotó el agua en el desierto “era Cristo” (1 Cor 10,4). El agua que Jesús ofrece a la mujer de Samaria, junto al pozo de Jacob, es él mismo, su palabra vivificante e interiorizada por la acción del Espíritu, el don de la vida nueva.



El simbolismo del agua evoca el misterio del bautismo, en donde la palabra de Cristo y la fuerza del Espíritu, presentes sacramentalmente en el agua, símbolo de fecundidad y vida nueva, transforman al hombre en nueva criatura que anuncia al mundo las maravillas de Dios. La cuaresma es por excelencia el momento ideal para una renovada catequesis bautismal que nos lleve a vivir más radicalmente los compromisos de nuestro propio bautismo. Más en http://www.debarim.it/cuar3a_esp.htm

sábado, 19 de marzo de 2011


Jesús los tomó consigo y los llevó a un monte alto

Mt 17,1-9

En la vida de Jesús los montes juegan un papel decisivo: en el monte de las bienaventuranzas revela el nuevo orden de valores del Reino de los Cielos y que llevan a plenitud la ley y los profetas (Mt, 5,1-7); En un monte fue tentado por el diablo (Mt 4,8); En un monte se transfigura ante los íntimos Pedro, Santiago y Juan (Mt 17,1ss); En el monte Calvario se ofrecerá por la humanidad entera (Mt 27,33) y en un monte envía a sus discípulos a continuar su misión (Mt 28,16-18).


Hoy vemos a Jesús subiendo al monte de la transfiguración, el ascenso espiritual es necesario para que nuestras vidas cambien y nuestros rostros resplandezcan. Según la creencia de los tiempos de Jesús la venida del Mesías estaría precedida por una irrupción del Espíritu Santo como lo profetiza Joel 3,1-4 y que caracterizaba el espíritu profético, concretado en Elías y además un período donde ese Espíritu mostraría la fuerza de la ley representada en Moisés. El mensaje es claro: Moisés y Elías presentes en el monte que es el espacio divino donde Dios se revela, manifiestan que Jesús es el Mesías. No hay que esperar otros «mesías» que ofrezcan futuros alternos a los que Dios revela en su Palabra, ellos sólo son en lenguaje de San Juan «Anticristos» (cfr. I Jn 2, 18-19), pues el mismo apóstol nos da la matriz interpretativa para saber quién es realmente del Señor: «En esto conocemos que estamos en él, en que vivimos como él» (ibid, 2,6)


En el espacio divino, el monte, irrumpe la presencia divina: «en forma de nube» Dt 9,15-23 nos presenta la nube como signo de la presencia de Dios que habla con Moisés. Jesús revela su divinidad como lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 697: «La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. Él es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es Él quien "vino en una nube y cubrió con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y «se oyó una voz desde la nube que decía: "Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle"» (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27)».


De la nube sale la voz del Padre que confiesa nuevamente la divinidad de su Hijo y el amor que le tiene. En la vida no todo es gloria y gozo, hay que bajar a enfrentar la cotidianidad de la vida, por eso el siervo de Dios Juan Pablo II en su Exhortación Post Sinodal Vita consecrata en el número 15 nos dice: «El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz. Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en El, el sentido último de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: «Para mí la vida es Cristo». (Flp 1, 21)»

La Gloria de Dios nos invita en este tiempo a prepararnos para el misterio pascual, poniéndonos a la escucha de su palabra: «« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »

«A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en El toda confianza, a hacer de El el centro de la vida. En la palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad». (Ibid. n 16)

Abramos nuestros corazones a la Palabra del Padre y veremos nuestros rostros resplandecientes y firmes soportando los reveces de la vida.


domingo, 13 de marzo de 2011

I Domingo de Cuarezma



Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo


Mt 4,1-11


© P. Pablo A. Villafranca M.



La primera lectura nos presenta el segundo relato creacional del Génesis. La novedad de este relato de los capítulos 2.7-9; 3,1-7 es preciosa. Antes de crear todo, Dios crea al hombre: el ʼadam, y luego la tierra: la ʼadamâh, expresando así la profunda relación que existe entre el ser amado por Dios y la creación entera, que se le confiará no para que la deprede o destruya, sino para que viva armónicamente en y con ella. La tierra es la materia prima del hombre pero este no llega a ser tal sino por el aliento divino. El verbo plantar de Gen 2,8 se aplica a Dios, es Dios el que ordena todo hacia el hombre y el hombre ser ordena hacia Dios. La intención de Dios al plantar o crear todo «es dar lugar al hombre» en la creación. El poder que Dios le otorga al hombre de labrar la tierra significa que a través del trabajo el hombre puede construirse su propia felicidad, estabilidad en comunión con lo creado. En esta relación «comunional» entre el hombre: ʼadam, y la tierra: ʼadamâh el hombre encuentra el medio que Dios le brinda para gozar de la vida feliz a la que Dios le ha llamado creándolo.


La prohibición de «no comer del árbol del conocimiento del bien y el mal» debe entenderse como la conciencia que el hombre debe poseer de los limites que tiene, el no es Dios, no puede abrogarse atributos divinos, no puede auto divinizarse creyéndose todo poderoso y eterno, por el contrario, debe reconocer la supremacía divina, obedecerle y amarle.


En el evangelio nos encontramos a Jesús siendo conducido por el Espíritu al desierto. El desierto es el lugar de la prueba, de la purificación, donde la creaturalidad es puesta a prueba, pero también donde se escucha a Dios y donde se define y auto afirma la propia identidad. La vida de Jesús es animada por el Espíritu, es Él quien lo lleva al desierto, entendiéndolo también como el sitio que evoca el lugar donde Israel se rebela contra Dios y fracasa en su fidelidad. Allí donde el pueblo elegido por Dios fracasa, Cristo que encarna a la nueva humanidad, triunfa.


La triple tentación del diablo (divisor) es en el fondo la misma, cuestionar la voz del Padre que en Mt 3,17 ha confesado a Jesús como «su Hijo amado». El diablo quiere dividir a Jesús, quiere apartarlo de esa comunión amorosa con el Padre y el Espíritu, alejarlo de su misión y en las tres tentaciones es lo que cuestiona: «Si eres el Hijo de Dios...».


La primera tentación llega en la forma del pan. Israel se amotino por hambre y sed contra Dios y Moisés. Satanás le ofrece a Jesús el camino del mesianismo materialista, de satisfacer su necesidad inmediata y la de las multitudes y el rechaza ese sendero citando Dt 8,3. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios». Qué gran lección, ante una oferta de espejismos fugases como lo transitorio de satisfacer lo inmediato, contraponer la Palabra que no se devalúa, que salva y sana.


Arremete el divisor siempre poniendo en entre dicho la voz del Padre, queriendo apartar a Jesús de su camino de obediencia al Padre y citándole el Sal 91,11-12 lo provoca a tomar el mesianismo ruidoso del sensacionalismo, del espectacularísimo y manipulación religiosa, a lo que el Verbo encarno responde con el Dt 6,16 «No tentarás al Señor tu Dios».


El último intento quizás le hubiera funcionado con cualquiera, pero no con el Hijo del Dios Vivo, el mesianismo del poder no le funciona al diablo y es vencido con la cita de Dt 6,13 «Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo darás culto». Muchos se rinden ante el poder, y rinden culto a una ideología, una doctrina, una persona. Escuchemos a Jesús en quién salimos vencedores de toda tentación.


Una palabra de felicitación al Obispo electo de Matagalpa Mons. Rolando José Álvarez Lagos quien por voluntad de Dios y la Sede Apostólica ha sido llamado a ser sucesor de los apóstoles y siervo de los siervos de Dios.


sábado, 5 de marzo de 2011

Comentario a las lecturas del domingo IX del Tiempo Ordinario



No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos


Mt 7,21-27


© P. Pablo A. Villafranca M.



No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina. Palabra del Señor


Hoy nos encontramos con los versículos finales del primer sermón de los cinco en los que San Mateo aglutina la enseñanza de Jesús: es la conclusión del sermón de las bienaventuranzas y las consecuencias de un discipulado maduro y coherente con un nuevo orden en el corazón que se rige por un nuevo tipo de valores: los valores del Reino de los Cielos.


El versículo 22 nos habla de «aquel día» y con esto se nos pone en perspectiva del «juicio final» al concluir el Sermón del monte, es la consecuencia lógica de no escuchar y no poner en práctica las enseñanzas de Jesús. «El no entrar en el Reino de los cielos» es la consecuencia de una vida vacía de testimonio, carente de obras; «es el divorcio de la vida de fe de la fe de la vida» al punto que uno se apropia de la sentencia de Isaías 29,13: «Dice el Señor: este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios mientras su corazón está lejos de mí, y su culto ante mí es precepto humano y rutina».


San Mateo está frente a una comunidad que aprecia algunos carismas del Espíritu: don de hacer milagros, de profetizar y exorcizar. Mateo no cuestiona eso, sino que hay algunos que so pretexto de los carismas no cumplen la «la voluntad del Padre que está en los cielos», no obedecen la ley que ha dejado claro Jesús que «no ha venido a abolir sino a dar plenitud» (Mt 5,17). La acusación contra estos discípulos es de anomía no someterse a lo mandado. Con que facilidad encontramos hoy personas que en aras de un carisma incipiente, una revelación privada o una rebeldía espiritual no se someten en obediencia a sus párrocos o al discernimiento de los Obispos. La sentencia de Jesús «Apártense de mí malvados» es el desenlace final para quien vive negando con su hacer lo que dice creer. La anarquía en la Iglesia no lleva a nadie a la salvación ni a la santidad.


Luego Jesús nos presenta dos tipos de hombres uno prudente y el otro necio. El prudente escucha sus palabras y las pone en práctica el necio escucha sus palabras pero no las pone en práctica. Esos dos tipos de hombre pueblan la tierra, por eso hay muchas vidas derrumbadas, matrimonios soterrados, corazones hundidos y fracasados, porque habiendo escuchado las palabras de salvación no las ponen en práctica.


Hoy Jesús nos da la oportunidad de abrirnos a él y ser de los escuchan y ponen en práctica su palabra. Goethe decía: «hablar es una necesidad, escuchar es un arte», podemos pintar la creación con nuestras buenas obras y así los hombres den gloria a nuestro Padre celestial.


Nuestro Obispo Auxiliar, Mons. Silvio José Báez al concluir la V Asamblea de Pastoral en el mes de noviembre del 2010 n os decía: « hacer una opción clara y decidida por la vida espiritual. Cuando decimos escuchar al Espíritu estamos precisamente hablando de eso que llamamos vida espiritual, que Pablo llama vida en Cristo o vida en el Espíritu. La vida espiritual no es un sector de la vida cristiana sino que es toda la vida que se acoge por la fe, se expresa en el amor y se vive en la esperanza. Si no hacemos una decidida opción por la espiritualidad y por la vida espiritual, corremos el riesgo de quedarnos en la epidermis de los proyectos, de las estructuras, de lo visible, de lo cuantificable.


Optar por la vida espiritual es construir sobre roca. Hace ya muchos años Karl Rahner dijo proféticamente que la Iglesia del futuro, los cristianos del futuro, o serían místicos o no serían cristianos. Hablar de vida cristiana es hablar de la experiencia de la fe, vivida como un don que viene de la escucha de la Palabra; una experiencia que se expresa, porque no tiene otro modo de expresión, sino en el amor, y se vive en un dinamismo de esperanza que nos permite caminar alegres en el Señor aún en medio de la tribulación y de la oscuridad. Pero todo esto va por dentro. Es la acción del Espíritu desde el interior de cada uno.


Creo que nuestras parroquias, comenzando por el párroco y todas las demás estructuras, deberían optar por un camino de interioridad y de vida espiritual intenso, porque esto es lo único que nos garantiza el fruto del trabajo, de los esfuerzos humanos, de las iniciativas pastorales, de los programas y proyectos. Recordemos las palabras del Señor en el capítulo 15 de Juan: “Sin mí, no pueden hacer nada”.


Yo estoy convencido de que la propuesta de “la conversión pastoral” y la exigencia de “la misión permanente”, que son como los grandes caminos que Aparecida ha puesto delante de nosotros, son experiencias espirituales. Cuidado caemos en el engaño de creer que lo que Aparecida nos propone es hacer más. No es hacer más, es hacer mejor, es hacer desde dentro».



miércoles, 2 de marzo de 2011



La Biblia y la familia


P. Pablo A Villafranca Martínez




‘Dentro de las varias figuras que la Iglesia tienen en el AT está el de la familia’.


(LG .6) el catecismo de la Iglesia Católica en el número 2685, al hablar de los servidores de la oración, pone en primer plano a la familia: “La familia cristiana es el primer ámbito para la educación en la oración. Fundada en el sacramento del matrimonio, es la ‘Iglesia doméstica’ donde los hijos de Dios aprenden a orar ‘como Iglesia’ y a perseverar en la oración. Particularmente para los niños pequeños, la oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo”. Al respecto tenemos un testimonio de que esto es así, permítanme leer esta experiencia de alguien que es muy importante para nosotros, de un Obispo que es modelo pastor y santidad: «La preparación del seminario para el sacerdocio, fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la primera comunión cuando perdía a mi madre: apenas tenía nueve años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quede solo con mi padre, que era un hombre profundamente religioso. Podía cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba en la noche y encontraba a mi padre arrodillado, al igual que lo veía siempre en la Iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo para mí, en cierto modo, el primer seminario, una especie de seminario doméstico». (Siervo de Dios Juan Pablo II, Vicario de Cristo en la tierra, Obispo de Roma, Don y misterio, BAC, Madrid, 1996, p.35-36, )


La constitución dogmática Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II en su número 35 habla de la Biblia y la predicación en la catequesis litúrgica. No se puede separar la liturgia eucarística de la liturgia de la palabra ¿Por qué? Porque en ella vuelve a hablarnos Dios nuestro Padre a nosotros su pueblo. La palabra de Dios es palabra inspirada que dice algo a alguien, el destinatario inmediato de la palabra de Dios fue su pueblo, una comunidad y el destinatario actual es una comunidad y un hombre o mujer que es miembro de un cuerpo: el cuerpo místico de Cristo: la Iglesia y de una familia: la inmensa familia de los bautizados. Por eso la Sagrada Escritura está transida de la experiencia de un pueblo que se siente y se sabe familia, descendiente de Abraham, Isaac, de Jacob. ‘Dios es el Dios de sus padres’, leemos en Éxodo 3,5. Por eso El habla ‘como un padre o una madre a su pueblo’. Oseas 11,1ss afirma: “Cuando Israel era niño yo le amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más lo llamaba, más se alejaba de mí, a los baales sacrificaban y a los ídolos ofrecían incienso. Yo enseñé a Efraím a caminar tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza un niño y se lo pega a las mejillas”. Y cuando quiere designar la infidelidad de su pueblo, Dios emplea términos del derecho matrimonial: a la idolatría los profetas como Oseas la llaman prostitución o infidelidad, y a ese engaño y traición del pueblo para con su Dios le llama adulterio. Leer Oseas 2,1-22. 3,1-5.

Cuan Dios en la Biblia quiere que se transmitan sus mandatos apela al ser de la familia. Leer Deuteronomio 6,1-9.


En Génesis 1,26 Dios dice: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. En este hagamos se asoma la familia divina, la santísima trinidad. Cuando ve que el mundo se corrompe y decreta el diluvio, Dios salva a un resto, ese resto es una familia, la familia de Lot. Génesis 6,13 7,1. Al elegir a Abraham le promete una descendencia, -familia- numerosa.


El Nuevo Testamento elige una hermosa enseñanza al llegar la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, quiso privarse de todo, de nacer en el palacio de Herodes o de Poncio Pilatos, pero no quiso privarse de una Madre y de nacer en el seno de una familia. Hace Jesús su primer milagro en una boda en una familia (Juan 2,1-12) e intencionalmente, cuando en el capítulo 19, 25-27 nos presenta a María al pié de la cruz, se la entrega al discípulo amado quien la acoge en su casa, dando origen a una nueva familia, la familia de Dios. Por eso San Pablo en Efesios 3,14-20 pide a Dios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra. Para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor podáis comprender con todos los santos cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, para que os vayáis llenado hasta la total plenitud de Dios.


A aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos”.








[1] Juan Pablo II., Donum Misterium, BAC, Madrid, 1996, 35-36.

sábado, 26 de febrero de 2011

No anden agobiados por la vida



Reflexión en torno a las lecturas del domingo VIII del Tiempo Ordinario


© Pbro. Pablo A. Villafranca M


Queridos hermanos y hermanas, nuestro camino por la vida no está exento de reveses y situaciones difíciles y cuando nos golpean las pruebas y agobian los sufrimientos emerge una pregunta espontanea: ¿Por qué sufro? ¿por qué clamo a Dios y siento que él no me escucha? La primera lectura nos presenta al pueblo de Israel «situado» por el drama del exilio en Babilonia y ante el colapso de sus utopías, el derrumbe de los pilares de su fe: su tierra, su templo y su rey exclama: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha abandonado» (Is 49,14) Pero Dios no puede olvidar a su pueblo, porque «lo ha amado con amor eterno». (Is 54,8)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda la grandeza del amor de Dios:

Dios es Amor

«A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).

El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (cf. Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3,16).

El amor de Dios es "eterno" (Is 54,8). "Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará" (Is 54,10). "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31,3).

Pero san Juan irá todavía más lejos al afirmar: "Dios es Amor" (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él». (C.I.C. nn. 218-221).

A pesar de esta maravillosa síntesis del Catecismo de la Iglesia sobre el Amor firme de Dios, esto no evita la zozobra que brota en el corazón del hombre por cosas fundamentales como la comida, el vestido y las seguridades que dan las riquezas.

El Catecismo de la Iglesia advierte como los diversos males que nos afectan y vemos en el mundo:

La providencia y el escándalo del mal

«Si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal». (C.I.C. 309)

En el evangelio Jesús no desconoce la necesidad legítima del hombre de alimentarse o vestirse, pero si se posiciona contra una vida gobernada por la ambición, ansiedad, zozobra y angustia que genera el afán de poseer. Inicia su enseñanza presentando la imposibilidad que presenta el ser humano para servir a dos amos iguales de exigentes pero con intereses totalmente opuestos: el Señor del desprendimiento, del abandono, de la confianza y renuncia a la avidez de poseer y el señor de avaricia, la ambición y riquezas mal habidas, que se acumulan de forma ilícita y corrupta. «No se puede servir a dos señores». El Domingo anterior concluía su enseñanza invitándonos a ser perfectos (del griego Teleioi y del hebreo Tamím: integro, sano, indiviso, perfectos). Hoy entonces se nos plantea la pregunta: ¿Le pertenecemos al Señor de las bienaventuranzas con todas sus consecuencias?