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sábado, 19 de marzo de 2011


Jesús los tomó consigo y los llevó a un monte alto

Mt 17,1-9

En la vida de Jesús los montes juegan un papel decisivo: en el monte de las bienaventuranzas revela el nuevo orden de valores del Reino de los Cielos y que llevan a plenitud la ley y los profetas (Mt, 5,1-7); En un monte fue tentado por el diablo (Mt 4,8); En un monte se transfigura ante los íntimos Pedro, Santiago y Juan (Mt 17,1ss); En el monte Calvario se ofrecerá por la humanidad entera (Mt 27,33) y en un monte envía a sus discípulos a continuar su misión (Mt 28,16-18).


Hoy vemos a Jesús subiendo al monte de la transfiguración, el ascenso espiritual es necesario para que nuestras vidas cambien y nuestros rostros resplandezcan. Según la creencia de los tiempos de Jesús la venida del Mesías estaría precedida por una irrupción del Espíritu Santo como lo profetiza Joel 3,1-4 y que caracterizaba el espíritu profético, concretado en Elías y además un período donde ese Espíritu mostraría la fuerza de la ley representada en Moisés. El mensaje es claro: Moisés y Elías presentes en el monte que es el espacio divino donde Dios se revela, manifiestan que Jesús es el Mesías. No hay que esperar otros «mesías» que ofrezcan futuros alternos a los que Dios revela en su Palabra, ellos sólo son en lenguaje de San Juan «Anticristos» (cfr. I Jn 2, 18-19), pues el mismo apóstol nos da la matriz interpretativa para saber quién es realmente del Señor: «En esto conocemos que estamos en él, en que vivimos como él» (ibid, 2,6)


En el espacio divino, el monte, irrumpe la presencia divina: «en forma de nube» Dt 9,15-23 nos presenta la nube como signo de la presencia de Dios que habla con Moisés. Jesús revela su divinidad como lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 697: «La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. Él es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es Él quien "vino en una nube y cubrió con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y «se oyó una voz desde la nube que decía: "Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle"» (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27)».


De la nube sale la voz del Padre que confiesa nuevamente la divinidad de su Hijo y el amor que le tiene. En la vida no todo es gloria y gozo, hay que bajar a enfrentar la cotidianidad de la vida, por eso el siervo de Dios Juan Pablo II en su Exhortación Post Sinodal Vita consecrata en el número 15 nos dice: «El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz. Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en El, el sentido último de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: «Para mí la vida es Cristo». (Flp 1, 21)»

La Gloria de Dios nos invita en este tiempo a prepararnos para el misterio pascual, poniéndonos a la escucha de su palabra: «« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »

«A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en El toda confianza, a hacer de El el centro de la vida. En la palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad». (Ibid. n 16)

Abramos nuestros corazones a la Palabra del Padre y veremos nuestros rostros resplandecientes y firmes soportando los reveces de la vida.


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